Está
demostrado que el miedo reside en el cerebro, como casi todo lo que ‘tenemos’
en la vida por la que sólo estamos de paso, por eso, mi primera razón para no
tener miedo es que la vida es demasiado corta y desafortunadamente a veces
dolorosa como para regarla con un miedo cerebral que nace de la inconsciencia
de su víctima. Exacto, porque el miedo nace del desconocimiento, bueno, dirían
los psiquiatras que también de la exposición a situaciones sobre la que no
tenemos un control propio… pero sigue siendo más de lo mismo desconocemos la
forma de controlarlo. Y como en esta vida de distracciones virtuales no se
puede saber todo, tenemos miedo. Pero hay miedos que podemos evitar, conociendo
aquello que nos echa para atrás con una especie de magia negra. La misma magia
es el desconocimiento del truco del mago, pero esta magia no es de la que me
hace sentir el estómago flotar cuando te veo aparecer por la boca de metro, ni
la que respiro cuando noto moverse el tren de camino a mi ciudad, no es la
magia que desayuno un seis de enero, ni la que inyecta en sangre mis pupilas
cuando te beso con los ojos cerrados… por eso hay que arrancarla, y conocer
aquello que nos da miedo. Puedes hacerlo como quieras, sólo, acompañado, con Campanilla… pero hazlo.
¿Miedo a
equivocarnos? No pasa nada, volvemos a intentarlo, de todo se aprende.
¿Miedo a
lo que piensen? Yo ya tengo cosas más importantes en las que pensar.
¿Miedo a
encontrarse? Más te vale llevarte bien contigo mismo, pues tendrás que
aguantarte toda tu vida.
¿Miedo al
fracaso? Puedes fallar, pero el único fracaso es morir sin haber vivido, sin
haber vencido el miedo a vivir.
¿Miedo a
lo desconocido? Sapere aude. Atrévete a saber.
¿Miedo a
caer? Aprende a levantarte.
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