21 de marzo de 2011

La misma historia de siempre.

Años atrás, amores y desamores, amistades y traiciones… Cuando éramos unas crías, ilusas, que creían en la vida de color de rosa, en el amor verdadero, en el príncipe azul que sin quererlo ni beberlo llamaría a tu puerta y tú como tonta caerías en sus juegos de palabras, sin saber, que quedarías total y absolutamente cegada ante sus hechizos.
Nos hicieron daño, lloramos, recordamos, volvimos a llorar y estuvimos a punto de cometer una auténtica locura. Suerte que una maldita, o no, neurona actúo como era debido, y echamos un pie atrás.
Volvimos a cegarnos, a abstraernos en nuestro mundo de fantasía y volviendo a considerar posibles los cuentos de hadas. Pero una vez más, el destino se puso en nuestra contra. Volvimos a llorar, volvimos a tropezar en la misma piedra que un día nos prometimos a nosotras mismas, no volver a caer. Otra vez. Otra y otras tantas derrochamos lágrimas por alguien que no las merecía. Pensamos que ese ere el final. Que no estábamos destinadas a ser felices, que no habíamos sido elegidas para que el amor verdadero llamara a nuestras puertas. Y así, pasó el tiempo, con idas y venidas, con abrazos y besos, con sollozos y sonrisas, con noches de alcohol y frenesí y tardes de manta, lluvia y helado. Así pasaron los segundos, los minutos y los días que parecían décadas hasta que encontramos a alguien que nunca nos hubiéramos imaginado con capacidad de conquistar nuestra mente y nuestro corazón. Y asombrosamente se volvieron a encender nuestros ojos, a enrojecer nuestras mejillas y consideramos la opción de darle tregua al sufrimiento, a dejarnos llevar, a ser felices… Pero claro estaba; no, no estamos predestinadas a llevar un as en la manga. Parece ser que el mundo no lo quiere, prefiere que nos retiremos de la mesa de partida, que guardemos nuestras mediocres cartas, y tan ilusas como al principio esperemos eso que aún no ha llegado, y que de hecho, dudamos que llegue.

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